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VORACIDAD CONSTRUCTORA

La fiebre por el cemento y el asfalto que embarga al Gobierno Regional amenaza con mudar la faz de esta Región, si no median acciones decididas y contundentes de la sociedad civil murciana. Para reflexionar sobre tantas tropelías, en LA OPINIÓN, en fecha 8 de marzo, publiqué este artículo que ahora someto a la consideración de los lectores de AZOGUE. 

VORACIDAD CONSTRUCTORA

El Consejo Superior de Arquitectos de España dio a conocer hace unos días (Europa Press, 23-2-05) que el número de viviendas iniciadas en 2004 marcó un récord histórico, con 757.580 pisos. Según Carlos Hernández Pezzi, España alcanzó, así, una nueva plusmarca mundial, con 18 nuevas viviendas por cada mil habitantes, cuando la media europea es de 5,7. Nuestro país no precisaría más de 200.000 viviendas/año, e incluso el crecimiento vegetativo de la población se cubriría con unas 100.000.  Pezzi afirmó, además, que se está despilfarrando en construir para una demanda inexistente, sólo porque los tipos de interés lo permiten, por lo que pronto habrá que llenar este país de extranjeros y turistas. En su opinión, al tiempo que se machaca la costa mediterránea y se despueblan otras zonas, se paraliza la vida de los jóvenes, que tardan diez años más que la media europea en emanciparse. Advirtió, así mismo, que esta febril situación constructora está provocando una ingente derivación de recursos al sector, en detrimento de otras partidas más importantes para la sociedad como la educación, que literalmente se está enterrando en cemento.

Estas elocuentes advertencias ¿creen que tienen poco, algo o mucho que ver con nuestra realidad regional? Algunos datos. Una empresa constructora foránea, de las muchas que quieren llenar nuestra Región de eso que llaman 'resort', campos de golf, viviendas unifamiliares de precios inalcanzables...,o sea, el paraíso, oferta en Jumilla ¡14.000 viviendas! individuales y dos campos de golf. También en Calasparra, en Fortuna, en La Azohía, en Dolores de Pacheco, en Sucina... En los momentos en que redacto estas líneas me llega la denuncia de la Asociación ADESGA, del Garruchal, de que en ese bello paraje del Valle y las sierras de Altaona y Escalona se ubicarán parte de las 32 urbanizaciones previstas, con 18 campos de golf, lo que va a suponer un fuerte impacto sobre una zona anexa a la ZEPA (zona especial de protección de aves). Son  conocidos, además, los efectos sobre la tortuga mora de las obras de la autovía Cartagena-Vera, obras que están íntimamente relacionadas con la monstruosidad urbanística que se pretende alzar en la Marina de Cope (LA OPINIÓN, 3-3-05). En nuestra costa y en el interior, ladrillos y cemento por doquier. ¿Adónde nos quieren llevar? Desgraciadamente, la sensibilidad medioambiental de la población corre pareja a cierta desidia con la que los responsables de lo público encaran la preservación de nuestro patrimonio. Pero algunos voces se dejan oír. El pasado 27 de febrero, más de doscientas personas, con un entusiasmo que la fría mañana precursora de las nieves que cayeran pródigas en varios puntos de la Región no logró apagar, hicimos el trayecto desde Los Vivancos, de Fuente Álamo, hasta el bello paraje del caserío del Margajón. Nos recompensó, al final del trayecto, la ingestión de unas exquisitas hogazas de pan de pueblo bañado en aceite, con jamón y vino de la tierra. Nubes nivosas se desparramaban en lontananza sobre las cumbres de Carrascoy. Más allá, la tenue silueta del Mar Menor, cual mancha grisácea emulando al cielo que lo cubría, con sus cerros volcánicos acrecentando su natural belleza, nos ofrecía una vista inigualable.

 En el  Margajón,  junto a la sierra del Algarrobo, una empresa se dispone a efectuar, con carácter inminente, 17 calicatas y 50 sondeos. Las obras sin fin de la Región están detrás de tal desaguisado. La autopista Cartagena-Vera, cuyo firme hay que compactar, también. En medio de tanto desprecio hacia el medio, unas casas que sus propietarios (algunos, extranjeros) se han esmerado en rehabilitar en la zona, con energía eléctrica fotovoltaica en algunos casos, es el claro contraste entre lo que podría ser un turismo sostenible, incardinado en el medio, y lo que nos espera si permitimos que esta Región mude su faz para siempre.



Diego Jiménez (LA OPINIÓN, 8-3-05)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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