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AROMA DE LIBERTAD EN UNA MAÑANA DE ABRIL

Por Juan José Cánovas

Una mañana radiante, disfrutando de un sol suave, mezclado con el aroma de azahar, en el sector 40 de Cementerio de Espinardo. Un grupo de personas con el corazón encogido por la emoción y el recuerdo. En una fosa común, adornada con primor y una bandera tricolor, se levanta la semilla, que descansa dignamente, de la rebeldía y la sed de Justicia y Libertad. Una paloma quiere levantar el vuelo hacía ese cielo claro, de Murcia en primavera. Ancianos que peinan canas y jirones en sus cuerpos de una vida intensa, sufriendo en silencio la injusticia más cruel que ha conocido España. Mujeres que nunca han olvidado ni olvidaran por años que pasen, como sus hermanos o padres fueron asesinados por los que no han pedido perdón, disfrutan de la impunidad y se permiten agredir a demócratas, destrozando librerías en el Barrio de Salamanca, jaleados por la emisora de la Iglesia y por sectores del PP. Dentro de la fosa común, donde no existen clases, yacen alcaldes y concejales democráticos, maestros, obreros, mujeres luchadoras, leales a la República y a la libertad. Hace poco más de 60 años, fueron arrancados de su trabajo, con callos en las manos, sus mejores alpargatas y las camisas blancas, preparadas para se agujereadas por las balas asesinas de las camadas fascistas. Sicarios, chivatos, falangistas y la complicidad de alguna Institución, que los bendecía, asesinaron por decenas en los amaneceres de Murcia, hasta el año 45, a demócratas a los que se les negó el mínimo derecho a poder ser recogidos por sus familias. La mirada de esas mujeres lo dicen todo. Largos años de silencio, de penas para alimentar huérfanos que no lo eran para Franco. Lecciones del clero para que se considerasen culpables por ser viudas, madres, hermanas o hijas de rojos. Un luchador por recuperar la Memoria Histórica, Floren Dimas, relata emocionado la historia de la recuperación, el traslado de restos en el año 95. Esos restos que hoy son semilla de libertad y alimentan el aire de la primavera en una mañana de abril en Murcia. La poesía de Miguel Hernández, en boca de un emocionado poeta: Vientos del pueblo me llevan. Dieron su vida por la libertad. Por esa libertad que a veces se confunde con el aire, como algo que no cuesta conseguir. El mismo día que los falangistas, herederos de los asesinos de ayer, destrozaban libros en Madrid vociferando consignas que alecciona de madrugada el nuevo Queipo de Llano de los Obispos. En el mismo espacio, en un catafalco indigno, yacen los miembros de las Brigadas Internacionales, que dejaron su trabajo, su familia y juventud para venir a España y luchar por la libertad. De 35 nacionalidades y con un objetivo común: parar el fascismo. No pudo ser en España, pero sus vidas no fueron segadas en vano. 

Entre los asistentes, una mujer joven y comprometida, que hace menos de un año ha conocido el destino de su abuelo, Pascual. Su abuela murió con la pena y el silencio, la vergüenza de ser madre de tres hijas de un republicano que luchó por una libertad, que hoy parece algo normal y a la que, a veces, no damos importancia.

 
 
 
Juan José Cánovas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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