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Se veía venir

  Titulo este artículo con una de las reflexiones que hacía en mi colaboración anterior ‘Ahora que han callado las armas', publicada en esta sección días después del anuncio del alto el fuego permanente de ETA. Entonces, ingenuamente, o quizás animado del ansia de miles de españolas y españoles de contemplar, por fin, la desaparición definitiva de ETA, decía literalmente en esa colaboración: “ No nos confundamos. No es una tregua más. Creo que es el fin definitivo de la violencia. Siempre es peligroso hacer vaticinios en política. Pero, particularmente, así lo creo. Se veía venir.” Pues, desgraciadamente, tras los sucesos de ayer, he de confesar que, como decía un comentarista anónimo a mi colaboración antes citada, el artículo, amén de comedido, era “futurista”. Está claro que en lo tocante a la evolución política no pueden hacerse vaticinios.

En estos últimos meses, lo acontecido ayer en Madrid también se veía venir. Y se veía venir porque hemos de partir de la base que, en todo proceso negociador, ambas partes han de ceder si se quiere alcanzar un acuerdo de mínimos. En este sentido ha sido notable la posición inamovible del Ejecutivo en temas tales como el acercamiento de presos a Euskadi, la legalización de Batasuna y la constitución de la Mesa de Partidos. Pero también ha sido visible la postura irrenunciable de ETA-Batasuna a alcanzar la autodeterminación y la vinculación de Navarra a Euskadi. Vistas así las cosas, todo apuntaba a que ello habría de conducir a la podredumbre del proceso. Y, ni por asomo, quiero achacar la máxima responsabilidad al Ejecutivo. Si se ha roto la tregua es porque el universo radical abertzale y la organización armada ETA así lo han decidido. Había indicios de que esta situación de impasse estaba tocando a su fin. El más preocupante, la noticia del robo de pistolas por parte de ETA en Francia, pero, también, la virulenta eclosión de la ‘kale borroka'.

La solución a la problemática de Euskadi es difícil para cualquier Gobierno que se atenga a la legalidad constitucional. Tener que atender a dos frentes simultáneos, la desaparición de la violencia terrorista y la superación del conflicto político-territorial de Euskadi, es difícil si, además, hay que hacer frente a un tercero : pese a los amplios apoyos parlamentarios, es notorio que tanto el PP como su Asociación (clientelar) de Víctimas del Terrorismo (AVT) han hecho lo imposible para que el llamado proceso de paz se pudra. Súmese a ello la inamovible e intransigente posición de Batasuna, que, con divisiones internas o no, ha exteriorizado siempre la posición más dura, escasamente proclive a un entendimiento con el Gobierno. Así las cosas, se veía venir el final de la tregua y se atisbaba en el horizonte lo que nadie deseábamos: volver a oír los estertores de pistolas y coches-bomba. Si, desgraciadamente, volviéramos a la generalización, como antes, de ese indeseable escenario, espero que esa situación no vuelva a ser esgrimida electoralmente por algunos como un arma arrojadiza contra el Gobierno.

Reitero que la solución se me antoja harto complicada. Pero creo que, mal que nos pese, para intentar retomar el proceso de diálogo, que no de negociación, es absurdo seguir pensando que la ‘conditio sine qua non' haya de ser el abandono definitivo de la violencia. Ése será el paso final, deseable. Pero no ceder en nada por parte del Gobierno, negándose, como dije arriba, al acercamiento de presos, a la legalización de Batasuna y a la apertura de una Mesa de diálogo interpartidista en Euskadi, amparándose para ello en la desgastada retórica de dar todos los pasos en el marco de la Constitución y del Estatuto, puede, por desgracia, hacernos volver a la situación de hace tres años, con un incontable goteo de víctimas, extorsiones y actos de guerrilla urbana en las calles de Euskadi.

El Gobierno, apoyado por la mayoría parlamentaria (habría que pedir responsabilidades a quienes se empeñen en dejarlo sin apoyos), ha de seguir intentando, con pasos cautos pero inteligentes y decididos, retomar un proceso que nunca debió pudrirse.

Diego Jiménez. SIN TAPUJOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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