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ALGO MÁS QUE CRISPACIÓN

Diego Jiménez.

No me gusta nada el clima de permanente crispación de la vida política que se ha instalado en España prácticamente desde el triunfo electoral del PSOE. A las manifiestas dudas expresadas por el PP sobre la legitimidad y veracidadde las conclusiones de la Comisión de Investigación del 11-M han seguido unas maniobras, continuas y dilatadas en este periodo parlamentario, que, digan lo que digan sus mentores (los dirigentes más cerriles que dominan el aparato del Partido Popular), van destinadas indudablemente a desplazar al PSOE del poder a cualquier precio. Eso es tan evidente como la manifiesta incapacidad, no ya sólo del Gobierno, sino incluso de la sociedad civil, por reconducir la política por senderos de auténtica profundización democrática.

Algo se mueve entre bastidores. A estas alturas de legislatura, y vistos los precedentes desestabilizadores de los que viene haciendo gala el PP, pocas personaspueden poner en duda que las últimas declaraciones del teniente general Mena en torno al artículo 8 de la Constitución expresan algo más que un malestar en ciertos sectores de las Fuerzas Armadas. Reflejan, creo, una sintonía con un estado de ánimo que es común a los sectores derechistas de siempre. Como en el siglo XIX: Jerarquía eclesiástica, Fuerzas Armadas y la derecha política. Las declaraciones de este ex alto cargo militar coinciden, no sólo con la cuestión del Estatut de Cataluña, sino con las muy recientes manifestaciones de la derecha en la calle contra todo lo que oliera a reformas (del Código Civil para permitir el matrimonio de parejas homosexuales, la reforma educativade la LOE, etc.). Si a esto se suman las acusaciones al Gobierno de estar necesitado de un pacto secreto con ETA para ‘lavar’ su imagen con la ruptura de la unidad de España que precisamente el Estatuto de Cataluña supone, es fácil colegir que la política española está sumida en algo más que en una permanente crispación. Hay rasgos desestabilizadores. Y esto es sumamente preocupante.

Desestabilización que el ex Presidente del Gobierno, José María Aznar, se encarga de alimentar. Aznartiene como valedores a elementos incrustados en el aparato del PP como Zaplana, Acebes…, de dudoso talante democrático. El problema, en este país, es que la extrema derecha no tiene cauces propios de expresión (como en Francia, Austria…), por lo que coexiste, y convive, en el seno del Partido Popular, con posiciones más moderadas y ‘civilizadas’ (Ruiz Gallardón, Piqué…). La larga sombra de Aznar es cada vez más alargada. Como lo es la de Felipe González, desautorizando hace unos días la acción de gobierno de Zapatero con unas declaraciones que expresaban algo más que una discrepancia.

Pero las indudables presiones de Aznar hacia Rajoy -que ahora propugna un frente nacional, con referencias incluso a un referéndum para salvar la unidad de la Patria amenazada- son más que preocupantes. Aznar no ha mucho se despachó a gusto desde el extranjero –como hace casi siempre al opinar de la política interna de este país- alertando del peligro de ‘balcanización’ de España. Esto, en román paladino, no quería decir sino que percibía un riesgo de guerra civil. Lamentable. Y grave. Ahora, el periódico ‘La Razón’ hace suyas unas declaraciones en las que advierte que la Fundación FAES, que él preside, tiene entre sus objetivos para 2006 el “reforzamiento de su presencia y divulgación de sus tesis en América Latina”, con el objetivo de “combatir el caudillismo populista ante el año que se avecina”. Aznar se siente incómodo no sólo con la presencia de Zapatero en La Moncloa. Haciendo causa común, una vez más, con la estrategia de Bush, está dispuesto a trabajar para erosionar y desplazar del poder a dirigentes latinoamericanos molestos como Lula, Chávez, Castro, Evo Morales y Michelle Bachelet.EE UU es, para el ex dirigente derechista español, el paradigma real de la democracia. (Una democracia que, hace unos días, no dudó en bombardear un país ‘amigo’, Pakistán, causando 18 víctimas civiles, en busca del número dos de Bin Laden).

Ésta es la derecha que tenemos. Y que se postula como alternativa, legitimando dicha pretensión en el apoyo electoral de los 9,5 millones de votos que la arropan.

Ante esta derecha crecida, la actitud del PSOE es bastante timorata y vacilante. Lo más reciente –para quienes aspiramos a una socialdemocracia que haga suyos planteamientos políticos y sociales, al menos, socialdemócratas- es la auténtica ’bajada de pantalones’ del Gobierno ante las presiones de la derecha contra la LOE. Y más cosas. La ausencia de una auténtica política social, que erradique las lacerantes bolsas de pobreza y que equipare las pensiones a la media europea; las tímidas actuaciones para solucionar realmente el problema de la dependencia, que afecta a 1,5 millones de personas en este país, contenidas en el anteproyecto de Ley de la Dependencia; una casi ausente política de vivienda que la haga realmente accesible a la población; la inflación que se dispara; el descontrol del dinero negro y de las bolsas de fraude fiscal,y, en paralelo con lo anterior, la siempre pendiente reforma fiscal, que haga de la imposición directa el eje recaudador del Gobierno, mitigando la responsabilidad de las rentas salariales de sostener el edificio del Estado... son muchos de los problemas cuya solución, desde posiciones nítidas de izquierda, algunos reclamamos.

Creo,por eso, que no se puede escudar este Gobierno permanentemente en un no declarado, pero real, temor a esa derecha cerril que tiene por oposición y que impide avances. Pues, haga lo que haga, la derecha va a actuar como tal. Por ello, los votantes de izquierda han de percibir que se está realizando, de verdad, una política de izquierda. De lo contrario, el PSOE, cuya actuación trata de contentar (sin conseguirlo) a los sectores centristas, pero para distanciarse de los progresistas, va a conseguir lo que Aznar desea: un rápido desgaste que, vista la desmovilización social que el propio poder ha venido propiciando, deje el triunfo en bandeja a la derecha. Derecha que viene oponiéndose sistemáticamente a todo.

¿Qué ocurriría si, por una suerte de valentía súbita de Zapatero, el Estado cerrara el edificio de la Transición caminando, de verdad, hacia la laicidad del Estado con la denuncia de los actuales Acuerdos con la Santa Sede de enero de 1979? ¿Y qué cabría esperar de la derecha si este Gobierno se mostrara dispuesto a resarcir moral y económicamente a las víctimas y descendientes de la represión franquista, investigando la identidad de los miles de restos que yacen en las fosas comunes del franquismo? ¿Serían esas actuaciones una última prueba de fuego para calibrar el grado real de democracia que anida en las filas del PP?Mucho me temo que sí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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