Ahora que han callado las armas
A primeros de julio de 2004 estuve por tierras norteñas, desde Navarra (para disfrutar del ambiente de los ‘Sanfermines’) a Cantabria (Santillana del Mar). Y recalé dos días en un hotel de Donosti (San Sebastián). Uno de esos días, tras una comida frugal (aunque eso siempre es difícil en Euskadi), caminé por el paseo que circunda el Monte Urgull. Me enteré, por el cierre de los restaurantes y bares anexos al acuario que hay junto a esa zona marítima, que había manifestación. Se convocaba en el bulevar. Y me hice presente en la misma, por curiosidad, con una discreta presencia no exenta de temor por la deriva que pudiera tener aquélla. Miles de personas, de toda edad y condición –lo pude constatar- expresaban en aquella manifestación y en el posterior acto cívico en euskera, similar a una misa civil, frente al Ayuntamiento, su protesta por la muerte, en extrañas circunstancias, de una joven etarra presa en una prisión francesa. La erzantza se mantenía a prudente distancia, sin intervenir.
Terminado el acto, como si nada, seguí de tapas (‘pintxos’) por el Casco Viejo. Por la noche incluso me tomé unas copas en uno de esos bares que bordean el río Urumea, frente al bello marco del Palacio del Kursaal, la sede del festival de cine, mientras me extasiaba en directo con la música de un cuarteto de jazz que actuaba en el local.
Al día siguiente, me enteré por la prensa que algunos grupos minoritarios habían protagonizado actos vandálicos al final de la manifestación. Pero la vida en San Sebastián había seguido con una normalidad absoluta aquel sábado. Concluí que la mayoría de los vascos deseaba vivir con esa normalidad. Que anhelabael fin de la violencia. Que muchos necesitaban expresar en la calle, en torno a la barra de un bar, degustando los pintxos, o deleitándose con la música que querían ser tenidos y vistos como unos españoles más. Siempre me ha gustado ir a Euskadi. La imagen de sus gentes dista mucho de ser lo que, distorsionadamente, ha propiciado la actuación de ese grupo de ahistóricos nostálgicos del pasado. Por eso me alegré, como muchas personas de buena fe de este país, del anuncio de ETA del cese del fuego con carácter permanente.
No nos confundamos. No es una tregua más. Creo que es el fin definitivo de la violencia. Siempre es peligroso hacer vaticinios en política. Pero, particularmente, así lo creo. Se veía venir. Había datos. Casi tres años sin tiros en la nuca y sin coches-bomba con víctimas mortales. Atentados con avisos previos, con escasa potencia de fuego, sin pretender sumar víctimas. La voluntad expresada por Batasuna en el velódromo de Anoeta, en 2004, de iniciar vías pacíficas para la resolución del conflicto. Y, tras el 11-M en Madrid, la convicción de las bases de ETA (hoy he oído en la radio que, sobre todo, han sido artífices de la tregua los refugiados en Argentina, Venezuela, México y Cuba), pero sobre todo sus simpatizantes del universo abertzale -algunos de los cuales pude ver en el bulevar gritando ‘Gora ETA militarra’-, de que había un largo túnel sin salida en la violencia que había venido practicando la organización armada. Era hora de poner fin a la espiral de la sinrazón. Y parece que puede conseguirse. Claro que habrá habido contactos previos a este anuncio de ETA. Pero son secretos de Estado. Ningún gobierno los puede hacer públicos. Y en ellos han tenido que ver, según he podido leer en un algún medio periodístico, la labor de tres clérigos, dos españoles y un irlandés, que han venido actuando de mediadores. Concretamente, Josefa Segura,Roger Echegaray, amigo de monseñor Setién y Uriarte, pero también de Rouco Varela, y el clérigo redentorista irlandés Alec Reid (al que en Irlanda llaman el ‘Gandhi irlandés’) vinieron oficiando contactos previos con el mundo etarra, los cuales han dado lugar a esta situación.
La paz que ha de construirse necesita el concurso de todos. El proceso es de tal envergadura que incluso el renuente PP va a sumarse al mismo. He preferido redactar este artículo antes de saber la posición que pueda expresar Rajoy en el encuentro del martes, 28 de marzo, con Zapatero. Pero es me ha resultado muy significativa la ausencia, hoy lunes 27, del número dos del PP, Acebes, en la rueda de prensa posterior a la reunión de la directiva de ese partido, lo que hay que entender en clave de desautorización, por parte de la cúpula del principal partido conservador, de posiciones maximalistas contrarias a los procesos de diálogo entre el Gobierno y el universo abertzale que están por venir.
He dicho diálogo. Y negociación. Porque, indudablemente, ambos hechos pudieran tener lugar en los próximos meses. Esta mañana he oído en la SER que algún experto del problema norirlandés ha dicho que el proceso no va a ser tan largo como se vaticinaba. Esperemos que así sea. Por el camino, muchos esfuerzos y renuncias mutuas. He dicho bien. Mutuas. Porque, en todo proceso de paz, ambas partes han de aceptar avances. Y renuncias. No soy de quienes se alinean con la posición de que éste conduzca a la desmembración de un trozo del solar hispano. Ni Cataluña ni Euskadi van a segregarse de España. Tiempo al tiempo. Pero es lógico que el Estado haga algunas concesiones. Para empezar, algo tan asumible (se dio con la amnistía de 1979, no lo olvidemos), como la excarcelación controlada de presos sin delitos de sangre. Y la reintegración de muchos ‘militantes’ de ETA a la vida civil. Eso ocurrió hace años con los ‘polis-milis’ que integraron la formación Euskadiko Ezquerra. También, el acercamiento de presos a las cárceles de Euskadi, por razones humanitarias (humanidad que, es cierto, los militantes vascos no tuvieron con sus víctimas), habida cuenta de que sus familiares también son depositarios de derechos, y el largo peregrinar de abuelas, abuelos, padres y madres por el solar patrio para visitar a los presos es algo con lo que había que acabar. Como hay que acabar con el silencio y el olvido que el Estado ha venido aplicando a las víctimas de ETA. El reconocimiento y el resarcimiento moral y económico a las víctimas han de ser las prioridades a abordar en el marco político que acaba de iniciarse. Yo diría que mucho antes que cualquier forma de diálogo o negociación con la otra parte.
El proceso debe ir adornado de cierta flexibilidad de los poderes del Estado. De todos. Incluido el judicial. En ese sentido, las palabras del Fiscal General del Estado, Conde Pumpido, dirigidas a jueces y fiscales pidiéndoles que reconsideraran la nueva situación no son tan descabelladas. Expresan el nuevo estado de ánimo que a todos nos embarga. Y está el caso de ArnaldoOtegi. Soy de los que piensan que hay que reconsiderar los motivos por los que se le pide prisión incondicional. Otegi, mal que pese a algunos, es un mediador necesario en la nueva situación. Una persona nada sospechosa de simpatizar con las tesis independentistas, Herrero de Miñón, uno de los ‘padres’ de la Constitución, expresaba hace unos días la conveniencia de contar con Otegi como interlocutor, por lo que consideraba una torpeza su encarcelamiento.
Al final del proceso, está la conveniencia de abordar una de las partes del llamado ‘contencioso’ vasco, el problema político. Eso es harina de otro costal. Pero tengo para mí que, en una situación de normalización política, todo, incluso ese delicado problema, es susceptible de poder ser negociado. A lo mejor, la solución más plausible –y asumible- es la posición que expresa Izquierda Unida, esto es, ir dando pasos hacia un Estado plenamente federal, con criterios de solidaridad territorial, lo que terminaría de construir el inacabado Estado de la Transición. Pero, siempre, por cauces democráticos que, más allá de lo expresado por el comunicado de ETA, todos deseamos que puedan darse en el contexto político español actual.
Diego Jiménez(Artículo publicado en Vega Media)
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