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COMANDANTE . Por Pepe Haro.Concejal IU La Unión

La enfermedad de Fidel Castro ha reabierto el debate en el seno de la sociedad española sobre la naturaleza del régimen castrista. La mayoría de la opinión publicada sostiene que estamos ante una dictadura, siendo Castro no otra cosa que un dictador, e incluso se sugiere para la isla una transición ‘a la española'. Por su parte, una porción significativa de la izquierda cierra filas en defensa de la revolución cubana y de su principal mandatario. Es evidente que en Cuba no existe una democracia pluripartidista al estilo occidental. Pero igualmente obvio es que equiparar el régimen cubano a las dictaduras chilena o argentina, asimilando la figura de Fidel a los esperpentos de Pinochet y Videla, no resiste un análisis objetivo. Ni por el grado de crueldad ni por las apoyaturas sociales se pueden comparar las experiencias sanguinarias padecidas por chilenos y argentinos con el autoritarismo castrista. Pero comparaciones al margen, es preciso contextualizar la situación cubana para un análisis riguroso y dialéctico de la misma. En primer lugar, la revolución, desde sus inicios en 1959, y antes de adoptar un rumbo socialista, se encuentra bajo amenaza de invasión directa por parte de la primera potencia militar del planeta, que no ha escatimado medios para destruir a un gobierno que, al margen de que su contenido fuera o no democrático, se manifestaba sobre todo independiente de los designios de Washington. Y eso es lo que lo condenaba, y lo condena, a los ojos de un imperio que no sólo materializó un intento de ocupación en Bahía Cochinos, sino que no ha cejado en su empeño, durante casi medio siglo, por acabar con los dirigentes cubanos y sabotear la economía. Y la reflexión subsiguiente es evidente:¿es posible una institucionalidad plenamente democrática cuando una pequeña nación se encuentra en estado de guerra, sumergida en la excepcionalidad extrema que supone estar a unas pocas millas de un gigante que quiere acabar con su soberanía utilizando vías militares y políticas para ello? Convengamos al menos que esa institucionalidad democrática se vería seriamente condicionada en cualquiera de los supuestos que contemplemos. Y es que el agresor no pretende imponer la democracia, sino la dependencia, que bien pudiera tener fachada electoral(como en la actual autocracia iraquí) o dictatorial, con el fin último de convertir la isla en el garito fiel que fue durante la dictadura de Batista. Así pues, en Cuba existe sin duda un régimen autoritario cuya militarización viene impuesta, en lo fundamental, por la envergadura y gravedad de la amenaza que pretende acabar con la independencia del país. Por otra parte, en Cuba se da una situación de penuria incontestable cuya causalidad, al menos parcial, radica en el embargo impuesto desde 1959 por EEUU, que le ha costado a la isla caribeña la friolera de 85 mil millones de dólares (sobre una población de diez millones). Ignoro hasta qué grado sería eficaz su economía sin la pesada losa del bloqueo, pero éste impide contrastar tal extremo. Ahora bien, hay un aspecto en el que Cuba exhibe una probada superioridad sobre el resto de Latinoamérica y del Tercer Mundo en general. Me refiero a la suerte de los pobres, sobre todo de los niños. Éstos, en otros países sudamericanos, incluso más prósperos que Cuba, ignoran si la semana que viene podrán comer o sencillamente vivirán. En la Cuba de la escasez, que además se permite exportar solidaridad, los pobres saben que no sucumbirán ante las balas de la criminalidad, que tienen un mínimo vital de recursos garantizado, que si enferman serán atendidos correctamente, que sus hijos se educarán en escuelas decentes y limpias. Imaginemos lo que esto supone como ejemplo, sobre todo contando con el implacable acoso militar y económico de EEUU, para cientos de millones de mexicanos, brasileños, peruanos, bolivianos, incluso argentinos, cuya esperanza media de vida ronda los 40 años. Por esta razón, Fidel no es para ellos y para muchos cubanos un dictador bocazas e iluminado, sino El Comandante de una revolución acosada y justiciera, a cuyas órdenes, sin vacilar, se ponen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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