|
Todas somos Guadalupe
Por Aminta Buenaño Rugel | aminta_br@yahoo.com
Algunas veces la ví por televisión, la escuchaba atentamente y la admiraba. Admiraba su tesón, su inteligencia, su capacidad para confrontar, para replicar a sus oponentes de manera suave pero enérgica. Admiraba su lucha, clara y frontal, por sus ideales. Una lucha que había venido desde abajo, desde las bases como ella explicaba, un ascenso que no tenía nada que ver con concesiones, sino con el esfuerzo y el trabajo tenaz que rinde frutos a lo largo del tiempo. Un pensamiento hecho de convicciones que dejaba caer en cada conversación como caen las frutas maduras a la tierra. En el Congreso incapaz de venderse, incapaz de dar su voto porque sí, porque lo pide el patrón, como nos han acostumbrado. Siempre coherente con sus ideas, con sus pensamientos, con las grandes causas sociales. Nunca marchó torcida, ni diciendo sí en vez de no, ni alzando la mano cuando la quería esconder, ni poniendo en su boca palabras ajenas. Siempre fue ella misma y fue un ejemplo.
Entró al mundo glacial de las charreteras y los uniformes pisando firme. Nunca titubeo o sintió miedo, tenía claro lo que debía, lo que quería hacer y lo expresó limpiamente a los cuatro vientos. Su tacón retumbó en un mundo masculino poblado de héroes anónimos y de viejos prejuicios. Fueron nueve días de historia en que visitó repartos militares, llegó a sitios en donde otros ministros de Defensa jamás habían llegado, dialogó con generales, mandos medios, con la tropa, planificó, expuso planes, se interesó por los sueldos de los de bajo rango, por aumentar las fronteras vivas, por acercar al Ejército y al pueblo, por convertirlos en pueblo uniformado, por defender la soberanía del país en el conflicto con Colombia, todo en una fiebre constructora, en una prisa alada de apenas nueve días, como si presintiera que su destino era morir cuando apenas nacía en sus funciones. Pero también en un afán de mostrar –como suele ocurrir con las pioneras– de lo que era capaz, en un mundo sexista en donde solo por el hecho de ser mujer suscita dudas, suspicacias y se le exige pruebas, experiencias, explicaciones, como si su género fuera un indicio de infravaloración.
En su boca las palabras identidad, soberanía, pueblo, paz, justicia, nación, trabajo, derechos ciudadanos, adquirían sentido y consistencia, estaban respaldadas por una vida de lucha, por un trabajo perseverante, por una devoción a las causas sociales que hacía que sus ex alumnos en los colegios y en la universidad la recordaran como se recuerda a quienes nos ayudan a crecer y a ser nosotros mismos.
Por eso Guadalupe Larriva no será olvidada, porque en donde exista una mujer luchadora, una mujer valiente capaz de romper paradigmas y enfrentar el establishment, una mujer que se identifique con las causas sociales y esté dispuesta a correr riesgos y sacrificios, estará Guadalupe.
Ella no ha muerto, su legado está vivo y si la tierra ha acogido sus huesos, de ellos mismos, de esta siembra, florecerán cientos, miles de Guadalupe luchando por un Ecuador más justo y solidario.
Porque todas somos Guadalupe.
|