|

02.03.05.-Alguazas.
Por Vicente
Centenares de personas nos hemos congregado esta tarde en Alguazas, pueblo donde nació y ha muerto el compañero Juan López Bermúdez, miembro del Foro Social de Murcia, de la HOAC, de Traperos de Emaús y de tantas otras organizaciones que han contado con su participación y sus aportaciones.
A las 16 horas, las campanas de la Iglesia de Alguazas, tocaba a duelo.
El funeral católico ha sido oficiado por el Obispo Emérito de la Diócesis, Javier Azagra y concelebrado por 12 sacerdotes, entre los que cabe destacar la participación de Antonio López Baeza, Pepe Tornel y Joaquín Sánchez, compañeros de tantos anhelos y tantas luchas. Este tipo de ceremonia indica un gran reconocimiento social de la persona y/o un gran compromiso con la Iglesia.
La emoción apenas contenida empapaba los saludos de veteranas amistades, de viej@s compañer@s de la lucha contra la dictadura franquista y por las libertades, por otra Iglesia posible, por otro mundo posible.
Distintas personas conocidas del sindicalismo, del antimilitarismo, del ecologismo, del feminismo, de los foros sociales y ciudadanos, de organizaciones de izquierda, de oenegés, de la teología de la liberación, ...se han juntado para dar el adiós al compañero, al camarada, al amigo.
El féretro ha sido portado por su hijo Abel y su hermano Paco (profesor universitario), además de otros familiares.
Isabel, su compañera y su hija, visiblemente emocionadas han recibido el saludo y el cariño de las personas asistentes.
Su compromiso libertario ininterrumpido, faenando desde hace décadas por otro
mundo posible(*), nos llama a celebrar su vida, tanto como nos apena
singularmente su muerte.
Que la tierra te sea leve.
"Mi tumba no anden buscando.
porque no la encontrarán.
Mis manos son las que van
en otras manos tirando,
sepan que sólo muero
si ustedes van aflojando,
porque quien murió peleando
vive en cada compañer@".
Versos del poeta-guerrillero guatemalteco Otto René Castillo, alias
"Güigüi".
Por Juan Serrano
Unos días antes de morir Juan López Bermúdez tuve la suerte de estar una noche a su lado. Del sentimiento de su grata compañía ha nacido este comentario que se ajusta lo más fielmente a lo que yo vi y viví en aquellos inolvidables momentos.
Desde lo alto de un octavo piso la casa de Juan López Bermúdez se asoma a una gran avenida de silfos que fluyen desde la Cresta del Gallo hasta desembocar en el río Segura. El aire limpio que viene de las tierras del sur se cuela por su balcón. Lleva el aire en sus alforjas abrazos de Lo Campano, luces de las Seiscientas, brisas del Portús y de Canteras, suspiros de Villalba, puños solidarios del Valle de Escombreras. Al llegar a la terraza el aire que viene del mar deja caer de sus brazos un manojo de flores sobre las macetas donde Juan cultiva sueños, amores y hierba buena. El aire lleva prendido sobre su frente una cinta de siemprevivas y en sus bolsillos costales repletos de música callada. El salón principal de la casa es amplio y luminoso. El aire convertido ahora en palabra penetra en la estancia, detiene su brisa y se recrea por toda la estantería gozosa de libros. Es muy temprano. El cáncer lo está matando. Aún falta para el amanecer. Desde hace unos días ya no puede con sus cuerpo, a pedazo se le cae el alma de sus manos. Pero su cabeza está despierta, piensa que otro mundo es posible y espera ver despuntar por la ventana la aurora, quiere ver llegar el día y, aún sin poder, a base de mucho esfuerzo, se levanta de la cama. El aire se transforma en aliento, ensancha sus pulmones y con dulce quietud el alba se desparrama por su atenta mirada. El sol acaba de salir. Su luz enciende de colores “El Cántico de las Criaturas”. De los ojos de sus pinceles nacen la noche, las estrellas, la luna, el viento, las nubes, el cielo, la tierra, flores, hierbas, los frutos, la vida, tal cual Francisco de Asís con acertado arte le inspirara. La flauta de madera con la que Juan amaina sinsabores y quebrantos desde el jarrón, donde silente aguarda, entona romanzas de subido y enamorado acento. El fresco de la mañana, la ducha de agua fría, el café con unas gotas de anís, las tostadas de pan y aceite restregadas con ajo y el zumo de melocotón parecen revivir su ánimo. Las migajas del pan luego Juan las pondrá en la repisa de su ventana donde los pájaros alimentarán su vuelo. Para Juan saborear, luchar, compartir, oler, ver, comer y soñar son sinónimos, palabras todas que vienen de la misma raíz, el amor. Y sobre la misma mesa del desayuno, sentado sobre su silla de ruedas celebra su eucaristía, el propio sacrificio de su vida, escucha a San Juan de la Cruz: “¿Adónde te escondiste / amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste, / habiéndome herido; / salí tras ti, clamando, y eras ido.” Juan permanece en silencio doloroso, no quiere morirse, no quiere dejar de contemplar el placentero nadar de los patos en el estanque que hay junto a su casa. La flor de la manzanilla amarillea en el rincón de la azotea, los brotes de los chopos de la calle estiran su despuntar plateado por encima de tejados y ventanas. Las clavellinas que él mismo replantó hace una semana han agarrado. La primavera está al llegar y Juan quiere ver el rojo de sus corazones latir en libertad, el amarillo de sus corola brillar de gozo, quiere ver el azul de la vida, el verde de los sueños, un arco iris resplandeciente para todos. Se siente cansado, pero no renuncia a vivir. Juan nunca creyó en la muerte. Se resiste a morir. Le hace cara a su agonía, a la dictadura, con la cárcel si es preciso, con sus pinturas, su protesta, con el reto de sus escritos, la utopía de su cielo aquí en la tierra, con el amor de sus hijos, la Isabel de sus cantares, las pancartas de sus reivindicaciones, su compromiso con los desheredados. “Que no me quiero morir, que quiero vivir la eternidad de este instante que como agua de una zaranda se me escapa entre mis dedos”. Juan acaba de pronunciar su grito. Coge ahora su cuaderno. Los colores de sus ilusiones siempre los tiene a su alcance. Y pinta dos manos completamente abiertas y en el lecho de su cuenco se pinta a sí mismo transportado sobre un inmenso mar azul. Juan piensa que falta ya muy poco para que las semillas de su cuerpo macerado y exhausto caigan sobre las aguas vivas del océano. Su dolor es tan grande que las lágrimas que caen de sus ojos llevan en su interior la fuerza suficiente para seguir moviendo el mundo.
|